Mostrando entradas con la etiqueta Julio María Sanguinetti. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Julio María Sanguinetti. Mostrar todas las entradas

domingo, 11 de diciembre de 2016

La tierra purpúrea - por Julio María Sanguinetti


Parecería que nuestro país va retornando a aquel mundo primitivo de “La Tierra Purpúrea”, la clásica novela de W. H. Hudson publicada en 1885.

El largo siglo que nos separa de la visión que el inglés tuvo de nuestra campaña y sus guerras civiles, fue un ascendente proceso civilizatorio que nos llevó a ser el país de la América Latina con mejor “desarrollo humano”, en términos de educación, avance social y distribución de la riqueza.

Los años de la guerra fría, tan evocados estos días a raíz de la muerte de Fidel, nos retrotrajeron a la violencia política. La exportación de la revolución cubana, luego de su radicalización, nos llegó ya en 1963 con la aparición del Movimiento de Liberación Nacional - Tupamaros, así como al año siguiente comenzó la réplica golpista en Brasil. Desde entonces, durante veinte años, quedamos envueltos en esa dialéctica de guerrilla revolucionaria y golpe militar para combatirla. Pese a esa violencia política, nuestra sociedad uruguaya no modificó sus valores básicos y por eso en 1980 se vivió el histórico plebiscito y en 1985 pudo retornarse a la democracia con una normalidad sorprendente.

Hoy la situación es bien distinta. El sistema político funciona con normalidad y el reciente fallecimiento del ex Presidente Jorge Batlle fue una cabal demostración de madurez cívica, al inclinarse todos los partidos a un recuerdo afectuoso y de reconocido agradecimiento a una vida consagrada a la política. Sin embargo, por debajo de ese “fair play” democrático, la sociedad acusa síntomas de retroceso que ponen nubes sombrías en el horizonte.

La violencia contra las mujeres es una de sus peores expresiones. En los últimos cinco años, invariablemente, una treintena de mujeres pierde su vida a manos de cónyuges, formales o informales, y los datos comparativos nos ubican en el peor lugar en América Latina. Es asombrosa la persistencia de ese machismo agresivo y que el mismo se exprese en términos de una violencia tan cruel. Se registran, incluso, reiterados casos de niños asesinados por sus padrastros o amantes de sus madres, para herirlas en lo más querido. El último año hubo 12 niños asesinados. ¿No es algo horroroso”.

Los episodios de violencia en el fútbol son también un testimonio incuestionable de la marginación de algunos sectores de la sociedad, marginación no necesariamente asociada a la pobreza. Esas bandas que tanto han dañado a Peñarol y que provocaron el disturbio en el partido clásico, parecen ser una expresión de lo que Marx llamara “lumpen” pero la banda de Nacional que asaltó un festejo de los rivales en Santa Lucía, viajando 60 kilómetros en varios automóviles, no se encuadra en absoluto en el sector más bajo. Estamos entonces frente a hechos que los responsables del orden público no han sabido -o no han querido- combatir. Tuvieron que ocurrir episodios de esa gravedad para que “de aquí en más”, como dijo el Presidente de la República, no se le tema a la palabra “represión”, hasta ahora tabú para la mentalidad frenteamplista.

Ese fenómeno, naturalmente, se inscribe en una delincuencia rampante: en el 2000 había 6.751 rapiñas, en el 2004 (pese a la crisis), 7.000; los dos últimos años registran 20.114 y 21.126, respectivamente. Huelgan los comentarios.

Si vamos al sistema educativo nos encontramos con el mismo panorama, de agresiones constantes a maestros y profesores difundidas a través de frecuentes paros. Ocurren, desgraciadamente, en un sistema educativo en crisis, que luego de haber sido un emblema nacional de progreso, hoy es lo opuesto. En las escuelas de Varela, los liceos de Don Pepe Batlle y los talleres de Pedro Figari, se amalgamó la sociedad uruguaya, integrando el enorme aluvión inmigratorio. Hoy es al revés, porque desde allí nacen desigualdades irreversibles. En materia de resultados hemos perdido la delantera que siempre compartíamos con Argentina y el sector más pobre muestra un rezago tal que permite prever que realimentará esas peligrosas tendencias, porque los cambios tecnológicos lo marginará. Las últimas pruebas PISA muestran que en dos rubros (lectura y ciencias naturales) apenas hemos logrado recuperar la pérdida del resultado anterior, mientras que en aritmética seguimos tan mal como siempre. ¿Qué les espera a los muchachos más pobres, mayoritariamente de bajos rendimientos? ¿No vemos en los semáforos de nuestras calles y en improvisados refugios una humanidad degradada, ya en la juventud, que nos interpela con su presencia?

Hemos pasado, entre 2003 y 2012, los diez mejores años del comercio internacional de que se tenga memoria. Ellos le dieron a los gobiernos frenteamplistas la oportunidad de dar un salto profundo de desarrollo. Se perdieron en un distribucionismo que permitió ganar las elecciones, repartiendo dinero en beneficios variados, pero que hoy desnudan su carencia. El Presidente reconoce en España que estamos mal de infraestructura para acoger grandes inversiones y reacciona ante la violencia. En buena hora que ello ocurra. Como en buena hora también que la Justicia meta presos a los vándalos que han arruinado el espectáculo futbolístico. La cuestión, obviamente, es mucho más profunda que estas esporádicas respuestas. Y nos impone a todos reflexionar sobre el permisivismo en la educación, el escaso impacto de los programas sociales, los métodos de integración social, la debilidad familiar y hasta los programas de vivienda.

Julio María Sanguinetti

Fuente: El País



José María Gimeno Borrás, compilaciones y piensos.

domingo, 27 de marzo de 2016

Julio María Sanguinetti: "Sturla se empeña en descalificar"


El dos veces presidente Julio María Sanguinetti sostuvo, a través de una carta a El País, que el cardenal y arzobispo de Montevideo, Daniel Sturla, "se empeña a descalificar a quienes, con todo respeto", se pronuncian en contra de la instalación de una imagen de Virgen María en la rambla. "Lamentamos que el exitoso clima de tolerancia que el país vive se perturbe con intentos de modificar la situación de libertad general y respeto recíproco", dice Sanguinetti, en respuesta a consideraciones hechas por Sturla en una entrevista publicada el domingo 20 en El País.

Sanguinetti advierte que "consagrar ese lugar de culto con una imagen permanente es transformar dicho espacio en una especie de iglesia a cielo abierto", y que eso lejos de ser "anacrónico" como precisó Sturla, "no se compadece con la neutralidad que el Estado debe preservar ante todas las corrientes religiosas".

En su primer mandato (1988) el Dr. Sanguinetti invitó al Papa Juan Pablo II al Uruguay. Conmemorando esa visita se instaló la Cruz ubicada en Tres Cruces. El expresidente defiende la instalación de la misma ya que es un "sitio de conmemoración de una visita histórica" y recuerda que se expresó a favor también de la instalación de la Universidad Católica, también en su mandato (1986). Agrega Sanguinetti que a la Iglesia le "sobran lugares de culto, algunos incluso casi sin actividad".

"El Cardenal dice que en la rambla hay de todo —continúa el expresidente colorado. Es verdad. Hay muchas cosas que no debieran estar, a raíz de una permisiva y mercantilista actitud municipal. Pero no se pueden confundir tanto los conceptos como invocar a Confucio, un filósofo y no una divinidad; hablar de monumentos de la colectividad armenia y judía, como si fueran lugares religiosos, cuando son homenajes a pueblos mártires de la intolerancia; o hasta mencionar que un museo científico, antes cabaret, que posee el municipio en la rambla, tiene forma de mezquita, como si esta estética orientalizante marcara una presencia religiosa… Por el contrario, en su origen fue un lugar de diversión nocturna, al que en su tiempo popularmente se le llamaba el cabaret de la muerte, por su cercanía al cementerio".

Para Sanguinetti, "ninguna de esas referencias tiene valor para este debate y la invocación a la discutible presencia de Iemanjá es demasiado insuficiente. Especialmente cuando Montevideo ha destinado un espacio público tan relevante como el que ya dispuso —y por ley— para la Cruz".

Fuente: El País (Uruguay)

viernes, 8 de noviembre de 2013

La degradación institucional - Julio María Sanguinetti



El exabrupto soez del Ministro Fernández Huidobro da cuenta de una modalidad de comunicación que el hoy Presidente Mujica comenzó a instalar desde sus primeras apariciones públicas. Ese estilo no es sino un discurso que acompaña un propósito general de igualación hacia abajo, lo que termina degradando la vida de toda la sociedad.

Decía Octavio Paz que toda degradación empieza en la palabra. No hablaba solo el poeta sino el hombre sabio.

Cuando una pareja se encarniza en la discusión y el adjetivo se devuelve como agravio, más aún que la palabra, se agrieta el vínculo. Si miramos hacia las instituciones, una construcción abstracta que necesita de la encarnadura de los hombres para representar su significado, la palabra y el gesto son lo primero.

El Ministro de Defensa Nacional nos mueve a esta reflexión. Cuando agravia a los médicos, al barrer, o cuando se lanza contra los partidos tradicionales con insultos soeces que él llama “metáforas”, devalúa su investidura y las instituciones. Si fuera un desliz circunstancial no nos preocuparía. La cuestión es que configura un estilo, sin límites a la vista. Baste recordar su célebre frase de que nuestra cultura occidental “está basada en lo que decía Jesús, ese flaco que lo crucificaron por gil y que se pasó predicando el perdón”.

Este modo de asumir el rol institucional por cierto que no es aislado en los tiempos que corren en nuestro país. Nuestro Presidente, que cuando quiere cuidar sus dichos lo hace con propiedad, lo instauró desde su irrupción en la vida pública. Insultó a periodistas e interlocutores varios, usó palabras lunfardas y agravios soeces; a veces se encubrió en la gracia con astucia y así se instaló en la simpatía de mucha gente. Consagró como valor la desprolijidad y el mal decir, hizo de la palabra una herramienta publicitaria y si su modo de vida, producto de su historia, es en él auténtico y respetable, su exhibición demagógica es rebajar la institución que representa.

Naturalmente, a quien —culturalmente hablando— mire desde abajo, puede resultarle una aproximación, cuando es la renuncia a mirar hacia arriba, a que quien no posee una educación promedio sienta que está mejor ubicado que aquel otro que se esfuerza por superarse.

Es obvio que no es saludable contestar el agravio con el agravio. Pero observamos con pesar que este último episodio y en general este estilo, no provoca la reacción que debiera. Hay como una anestesia social, en que no se advierte el dolor de la caída.

Por cierto, no faltan quienes acusen de acartonamiento o antigualla a quienes pensamos que las instituciones democráticas precisan decoro y ejemplaridad. Nuestro país nunca fue aplaudidor de falsos oropeles y, salvo algún dictador del siglo XIX, nadie se salió en él de la sobriedad republicana. Nuestros Presidentes nunca tuvieron a su disposición avión presidencial, como es habitual en Estados tan modestos como el nuestro, y si antes vivían en una residencia oficial fue porque cuando la democracia se profundizó, quienes llegaban a esa dignidad no poseían viviendas adecuadas para los usos de representación del Estado. Esa residencia de la avenida Suárez ni siquiera se compró al efecto; en la época de Luis Batlle, el primer Presidente en vivir allí, apenas albergaba un servicio técnico de la Armada al que se le cambió la sede.

Nunca hubo lujo ni excesivo protocolo en nuestros hábitos oficiales. Nadie presumió nunca de nada que no fuera su trabajo o el talento que pudiera poseer. Aun aquellos de más modesto origen, como Tomás Berreta, quien miró hacia arriba y hasta hoy es un ejemplo del mejor Uruguay, el de los hijos de la inmigración que se superan a fuerza de tesón, ética y capacidad.

Nos preocupa que toda esta exhibición de ordinariez no merezca crítica. Hay demasiada gente que se deja insultar gratuitamente. Y mucha otra que no reacciona ante esa tendencia a rebajar el nivel de todo. ¿Cómo hace una maestra para enseñar a sus alumnos que hablar bien y vestir con decoro y limpieza la túnica o el uniforme son valores sociales muy importantes, que harán de ellos mejores ciudadanos? ¿Cómo hace si la dejadez y la exhibición del abandono se proponen como ejemplo? Que el primer mandatario vaya a comprar una tapa de inodoro es normal; que lo haga con la televisión detrás, no. Y esto sale luego en el mundo entero —soy testigo— como expresión de una tergiversada actitud igualitaria.


Los uruguayos, cuando crecimos como país, queríamos igualarnos hacia arriba. No en el dinero, simplemente. En la formación, en la educación, en el trabajo, en la calidad de lo que hacíamos. Igualdad, toda la posible, entonces... pero para que el discípulo se asemeje al profesor y no éste a su peor alumno. Por esa otra vía, de a poquito, todo va cayendo. Por eso se puede agraviar a los jueces y a los médicos, despreciar plebiscitos ciudadanos e ignorar las leyes. Como dice el tango, “todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor”, “igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches se ha mezclado la vida y herida por un sable sin remache, ves llorar la Biblia junto a un calefón”...


Fuente: El Correo de los Viernes